
Pocos personajes en la historia científica de la Humanidad han tenido un impacto tan poderoso como el de Sir Isaac Newton (25 de diciembre de 1642 – 31 de marzo de 1727, según el Calendario Juliano): para los cristianos, la celebración de la Navidad es un evento de enorme importancia, y para los científicos la presencia de Newton en el escenario del conocimiento es (aunque suene dramático) igualmente trascendente. Su alta figura, sus descubrimientos, todo su desarrollo para las diversas disciplinas en las que colaboró (Cálculo, Álgebra, Óptica, Física…y quizá un largo etcétera) representa lo que algunos habrían llamado un Homo Reinassance, a la misma altura de Da Vinci.
Algunos miembros de la comunidad hablan, entonces, no de Navidad sino de Newtondad, para conmemorar el nacimiento de uno de los grandes descubridores en nuestros tiempos. Esto, por supuesto, no está completo sin afirmar que la grandilocuencia del personaje por sí mismo ya no requiere tanto de una festividad, sino de manera muy concisa, de la aplicación de las técnicas e instrumentos que legó al presente. Irónico resulta que en el Apollo VIII la navegación circunlunar fuera precisamente en esa fecha: un evento simbólicamente científico, apoyado por las ideas newtonianas, pero que en la voz de William Anders permitió al mundo escuchar algunas breves palabras: In principio, creavit Deus caelum et terram.
Pero, a la vez, la fecha también nos recuerda un legado amargo del Hombre: en 1914 la Primera Guerra Mundial se desató con toda la furia guardada por siglos entre las naciones europeas que, ya fuere por territorio o simple venganza, decidieron dar pie al primer gran conflicto bélico de la modernidad. Pero, en la Historia misma resulta emocional el saber que esos mismos soldados que, a bayoneta calada y enceguecidos por el odio, se mataron entre sí, fueron los mismos que la noche del 24 de diciembre decidieron dar una oportunidad a la paz: la Tregua de Navidad, fue un ejemplo tácito de la aún existente buena voluntad del hombre, de las naciones, más allá de los credos políticos, y de la unidad por sobre todas las cosas. Que a los altos mandos no haya gustado es lo de menos: lo importante es recordar que el mundo tiene todavía oportunidades para la paz, de la que canta un antiguo villancico de orígenes un tanto confusos:
Adeste, fideles, laeti, triumphantes,
Venite, venite in Bethlehem:
Natum videte Regem Angelorum:
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.
Pax in terra hominibus bonae voluntatis,
Pax in terra electis per scientiam.
Responsable de Investigación
Mtro. Enrique de Jesús Garduño Gómez
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