Viviendo a bordo de un crucero

Por : Comunicacion Eventos

Viviendo a bordo de un crucero

A todo mundo le fascina la idea de pasar unos días vacacionando en uno de esos grandes cruceros de lujo. El subirte a una estructura enorme, de decenas de miles de toneladas de peso, llena de lujos y amenidades que la convierten en una pequeña ciudad, es algo extremadamente atractivo. 

Pero todo cambia cuando abordas ese enorme barco no como pasajero, sino como tripulante. La primera y más obvia cuestión es que vivirás en ese barco por toda la duración de tu contrato, y la mayoría de los marineros compartimos pequeñas cabinas, que están generalmente por debajo de la línea de flotación del barco, con uno, dos, tres, y hasta siete tripulantes más, y a menudo el baño es compartido con otra cabina. 

En raras ocasiones tu compañero de cabina será de tu misma nacionalidad, así que habrá muchos intercambios culturales, y también muchos malentendidos interculturales que pueden llevar a conflictos entre tripulantes. Recuerdo a esta joven tripulante nepalí, delgada, bajita y muy bonita, siempre sonriente y dulce, al menos hasta el momento en que otro tripulante, en este caso polaco, un tipo muy simpático y ocurrente, tuvo la idea de pellizacarle levemente el lóbulo de la oreja –él tenía la costumbre de hacer eso con todos, era su forma de saludar- y la chica se enojó tanto que se le fue encima. 

Fue casi cómico ver a una chica de metro y medio de estatura tratar de derribar a un monstruo de 1.90, pero nos preguntábamos qué fue lo que detonó ese comportamiento. Más tarde nos explicaron que para la religión que ella practicaba, la peor ofensa es tocar a alguien en cualquier lugar por encima del cuello, pues la energía divina fluye del cielo hacia la cabeza, y el toque de otra persona contamina esa energía. Eso es algo que ni siquiera nos imaginábamos. Tras platicar, volvieron a ser amigos. 

Y también es intenso el momento en que esa enorme cantidad de pasajeros abordan el barco en el primer día de crucero: pueden ser circuitos de cinco, siete, diez o más días dependiendo de la temporada y la ruta, y en verdad que dejara todo listo para alojar, alimentar y entretener a más de tres mil pasajeros apenas unas horas después de que otros tres mil abandonaron el barco, no es nada fácil. 

Como profesionales en Turismo estamos conscientes de que nuestro trabajo es hacer que las vacaciones de nuestros pasajeros sean perfectas, y cumplir con los estándares del sector de Cruceros es algo complejo, pero bien vale la pena cuando aprecias la total satisfacción en sus rostros. A algunos pasajeros llegas a conocerlos muy bien, a pesar de ser un periodo tan corto de el que compartes con ellos. Algunos son graciosos, algunos interesantes, otros misteriosos, y con algunos de ellos puedes llegar a tener una verdadera amistad. Yo tengo la suerte de contar con amigos de muchos países que conocí como pasajeros en los barcos en los cuales trabajé. 

Pero hay algunas otras cosas que el público en general ni se imagina acerca de ser marinero: la primera vez que te despiertas a las 3 de la mañana con antojo de tu snack favorito, te das cuenta de que la tienda de conveniencia  que abre las 24 horas más cercana, está a trescientas millas náuticas de distancia, o bien, cuando alrededor de la cuarta semana de tu contrato de nueve meses, cuando en realidad comienzas a extrañar tu cama, tu casa, a tu familia y amigos, y te pones a pensar en las semanas sin fin que quedan para volver a todo ello, y te das cuenta de lo importante que ha llegado a ser para ti tu compañero de cabina y tus compañeros en general, que más que compañeros ya son amigos cercanos, y también un círculo de ayuda para esos momentos de tristeza y nostalgia. Esas amistades que nacen en Cruceros, suelen durar de por vida: aunque terminen en diferentes barcos cada contrato, siempre se mantendrán cercanas. 

Por tanto, ese trabajo soñado para algunos, pesadilla para otros, que es trabajar en Cruceros, es una experiencia altamente gratificante y extrema. Para mí fue una de las mejores épocas, pues fui a lugares hermosos y exóticos a los cuales nunca había ido, hice amistades valiosas y duraderas con marineros, oficiales, pasajeros y hasta gente que vivía en los puertos, y muy importante también: aprendí la verdadera importancia de algunas cosas que en tierra solemos tomar por sentadas: estar conviviendo con tu familia, poder verlos cuando quieras, ir al cine con amigos o a cenar a tu restaurante favorito cada vez que se te antoje… o ir a comprar ese snack que mueres por comer a las 3 de la mañana.

 

Ing. Raúl H, Magaña Porras

Coord. Académico de Negocios, Hospitalidad y Ciencias Sociales

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