Mtra. Mariely Tecamachaltzi Córdova
Nadie esperaba el impacto social, económico y político que la pandemia de coronavirus tendría entre los habitantes de los diversos países a inicios del año 2020. Aunque se sabía la gravedad de dicha situación en los países asiáticos, la exportación del virus al resto del mundo representó una sensible alteración de los hábitos, costumbres y rutinas de todos los individuos, casi sin excepción alguna. Y, como hemos visto, ese impacto ha sido masivo en el área de la educación.
Las aulas cerradas y las escuelas en línea representaron dos de los esfuerzos para contener la afección; sin embargo, el caso particular de México ha manifestado una situación aún más alarmante: la falta de preparación de la infraestructura educativa para una transición al modo a distancia (u online, como se conoce en la jerga inglesa). Los docentes han padecido, junto a los alumnos, del abandono de las escuelas y la no tan nueva forma de enseñar a través de las pantallas. Y aún así, se echa mano de todo recurso disponible: la vida real, entonces, se ha vuelto el aula de cursos.
Entonces, desde este nuevo contexto, los aprendizaje se tornan significativos al poder relacionarlos con lo que sucede fuera de casa: es habitual el poder ejemplificar a los estudiantes sobre determinados elementos a través de “Ahora que vivimos con coronavirus, el problema es…”, buscando relacionar los sucesos habituales y de interés científico con lo que se observa en las calles, los hospitales, los gobiernos y otras tantas áreas de interés. De esto se ha desprendido una nueva forma de llevar el saber al alumno a través de una realidad doliente, en la que todos aprendemos algo durante la época de encierro.
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